viernes, 24 de agosto de 2018

Cumpleaños 33.



Recuerdo haberle preguntado:

¿Cuántos años tienes papá?

Y a él contestando:

tengo 33, la edad de Jesucristo cuando murió.

Después el silencio por las callejuelas, a pesar de las piedras.



Hoy cumplo 33 años, y a veces parece que estoy muerto;

y a veces parece que he sido sacrificado.








 

martes, 7 de agosto de 2018

Un año en la universidad.

El sentido de la productividad. Un sentido (ir)racional si me apuras en términos materialistas, cierto. Pero que en términos de supervivencia ¿qué es lo que conlleva? Sobrevivir es mantenerse en pie, que puedas mirarte los pies desde arriba, sí. Producir para sobrevivir…me resulta antagónico. ¿En qué momento un término que nace de la razón para superar uno que viene dado por lo natural y lo misterioso se convierte en una condena que parece nacer de la naturaleza sin derecho a réplica? Es decir, hay una inversión. Esto, según la lógica imagino que debe tener un nombre, no puede ser una simple contradicción, pero en todo el año que estuve matriculado en la facultad de Filosofía y Letras de Granada cursando filosofía solo asistí a un par de clases de lógica y lo único que recuerdo es la palabra tautología. Y no viene al caso para lo que hablo, aunque puede que sí en cómo lo hago. O no y sí. Porque si medimos en términos productivos mi paso por la universidad española se podría calificar de «cero en producción». Si quieren que entre en detalles no lo haré, solo decir que, mis resultados fueron lo justo y necesario para no tener que devolver la beca que me habían concedido para cursar el primer año -los liberales estarían muy contento con mi ejemplo de estudiante de clase trabajadora-; eso sí, les aseguro que fue con una nota más que notable. La cuestión es que para el Estado no fui alguien productivo. Pero, ¿para mi fue útil el pertenecer, aunque solo fuera por un curso académico, a esa pequeña vértebra del sistema educativo? Porque haciendo referencia a mis dudas anteriores sobre los términos producir y sobrevivir, a partir de ahora, mi vara de medir será entre lo útil y lo no útil.

 Para atender a estas consideraciones habrá que poner un mínimo de contexto al asunto. Año 2005. Aún no ha llegado la crisis económica. Yo sigo siendo pobre pero mis compañeros de instituto que decidieron no seguir el camino educativo ya conducen un Audi. Zapatero aún tiene buena prensa. Incluso la consideración de todo el izquierdismo institucional. Ha sacado al país de una guerra a la vez que ha cumplido una promesa electoral. Hay becas suficientes, ayudas al alquiler para estudiantes, la ley del matrimonio Gay, la ley de dependencia, las políticas de género, etc..; en fin, es el modelo de presidente socialdemócrata a seguir. Nunca habíamos tenido un gobernante tan moderno, en el sentido amplio del espectáculo (pero miren hoy a nuestro Pedro Sánchez). En las escaleras de la facultad -que curiosamente, no se encuentra en el edificio principal de la facultad de Filosofía y Letras, sino que comparte un edificio más allá de la facultad de económicas con la carrera de psicología, como a unos doscientos metros en sentido ascendente-  los trotskistas de tercer año discuten paternalmente con los maoístas de segundo,  los góticos y cybergpunks de cuarto te pasan por el lado sin mirar, mientras nosotros, los de primero, fumamos porros y bebemos cerveza desde las nueve de la mañana bajo la condescendiente mirada de los estudiantes de psicología que se dirigen a sus clases. Hay un personaje al que todos llaman El curilla, un tipo de unos cincuenta años que suele sentarse a tu lado sin pedirte permiso para entablar conversación, normalmente sobre creacionismo. Y luego el grupo de los yonquis, que no es que fueran un grupo en sí, ya que normalmente iban solos, pero de los cuales se solía hacer una referencia conjunta, cuyos miembros más representativos eran La chica del taladro, una chica que comía benzodiacepinas como pipas -quien tenía que poseer tantas recetas que siempre estaba dispuesta a suministrarte algunas gratuitamente-  y que estaba obsesionada con una película en la que el protagonista se taladraba el cráneo,  y el Patrick , un chico al que le gustaba pincharse cocaína intramuscularmente,  fabricar una especie de afrodisiaco químico que guardaba en el frigorífico de su casa, robar San Pedro de las glorietas de Málaga y tomar tanto ácido como podía, y al que finalmente, el padre acabó yendo a buscar para meterlo en una clínica de desintoxicación en Almería.
           
Visto desde fuera no tengo ni idea de si aquello parecía una universidad normal de filosofía, ya que no estuve en ninguna otra, pero el contraste entre las facultades de farmacia y económicas, que eran las que más cerca se encontraban, era considerable. Sin duda una cuestión puramente estética. Ya que una vez que entrabas en las aulas, debías pasar por la mesa del profesor de turno y escribir en un papel tu nombre y tu DNI. Esa rutina me parecía más propio de una especie de centro de internamiento. Pronto comprendí que la dinámica no era diferente a la infringida en el instituto. Aún no había llegado el Plan Bolonia, pero todo se preparaba para ello. Era casi imposible intentar tener un trabajo y a la vez ser estudiante. Aunque todo el mundo parecía feliz, al menos en el primer curso. No tantos aquellos que estando en tercer, cuarto y hasta quinto curso aún asistían a clases de Ética de primero. El profesor era un ridículo utilitarista del PSOE al que le encantaba el discurso para la galería de las dos primeras filas, normalmente repletas de alumnas del sexo femenino, y que presumía de sus relaciones con el proyecto Gran Simio a la vez que era un fan asiduo del plato alpujarreño de la cafetería de la facultad. Además, sus intenciones eran tan elevadas con sus futuros discípulos que para el primer examen nos preparó un texto de Stuart Mill en inglés, que para alumnos procedentes de la EGB y los primeros años de la ESO, podía llegar a ser algo complicado si no habías pertenecido a esa clase social que se permitía llevar a sus hijos a academias privadas de inglés paralelamente a la educación estatal. Aún así, es cierta la importancia y necesidad de aprender a leer a los autores en su lengua original, pero no esperaba la imposición de “páguense unas clases de inglés si no lo entienden” para unos alumnos que no habían recibido ningún tipo de formación correcta en inglés a pesar de sus años en el sistema escolar. Después de este examen que suspendí por mi negativa a realizar el ejercicio sobre dicho texto -aunque el resto del examen que era más del 70% fue realizado-, fue la única vez que he tenido el honor de estar en el despacho de un profesor universitario. Sobra decir que no volví a ninguna clase de ética a partir de ese momento. La que a priori era la asignatura que mayor interés despertaba en mi fue anulada de cualquier pretensión. Y la oferta, no por temática sino por método, no mejoraba. Antropología me la pasé en mi piso compartido de estudiantes leyéndome tres libros de estudios de campo y algunos apuntes básicos de Marvin Harris, Presocráticos, cuyo manual había escrito el propio profesor que impartía la asignatura no me mantuvo despierto ni por media clase…disculpen que no sea capaz ya ni de recordar las demás asignaturas. Salvo una, por supuesto. Introducción a la filosofía. Introducción a la filosofía, que como su propio nombre indica, es la cosa más básica que existe en todo el primer curso. Pero también, totalmente imprescindible y mucho más importante de lo que su nombre escrito en un boletín de asignaturas presupone. No voy a hacer un repaso aquí de una buena introducción a cualquier tema o lectura, pero es sabido que sin una correcta introducción en cualquier ámbito, puedes acabar partiéndote la cabeza contra una roca. Así que esta asignatura, de esas que llamaban Marías y que ni siquiera era obligatoria sino optativa, se convirtió en la única materia con algo de sustancia. La asignatura la impartía el profesor Segura. Quien fue el protagonista principal de que esta cosa de la introducción fuera especialmente divertida por varios motivos. El primero era por la leyenda que recorría al mismo profesor. Seguramente sería uno de los profesores de mayor edad de la facultad y no tenía necesidad de impartir esas clases, pero ¿qué le llevaba a ello? La leyenda decía que el profesor Segura había sido un marxista de libro hasta el día que tuvo un accidente de coche y tuvo una revelación. Es decir, pasó de la experiencia material a la experiencia mística. Ahora, además de dar clases en la facultad de filosofía las daba en la facultad de teología, podías verlo recorrer el campus al lado de un grupo de curas e incluso participaba en una tertulia en la televisión pública de la ciudad donde se producían acalorados debates sociales cargados de fe, normalmente acompañado también por un buen número de clérigos. Y el segundo motivo más importante era su forma de impartir las clases, y ya no solo su forma, sino su actitud y sus ocultas intenciones. El profesor Segura, que camuflaba cierto estrabismo detrás de sus grandes gafas, apuntó durante todo el año varias de las cuestiones principales de la historia de la filosofía -cuestiones que no me pondré a enumerar y explicar como comprenderán-. Lo hacía con pasión, con soltura, sonriendo al señalar puntos que para él eran llamativos, casi siempre en forma de desdén. El profesor Segura llegaba a clase, daba un repaso rápido a la cuestión del día, hacía sus anotaciones en la pizarra y se volvía hacia el público, y pensaba para sí: Empieza la caza. Él no tenía que hacer nada, él solo dejaba el tiempo suspendido, ahora era el momento de discutir sobre lo explicado; y sus alumnos eran sus víctimas. Aquellos que en primer curso se dirigían al profesor citando a Schopenhauer -seguramente sin haberlo leído, al menos como se debe leer la filosofía- o incluso a Spinoza, eran los primeros en caer en la trampa. Los anzuelos saltaban sobre los cabezas. El profesor Segura se mostraba serio y sonriente a la vez, detrás de sus gafas. Limpiándose las manos de tiza esperaba las preguntas a las que solía responder con otra pregunta y que si recibía respuesta decapitaba sin compasión en un golpe dialéctico. Este juego duraba lo que el profesor quisiera. Cuanto más listo se presuponía el alumno más cruel era. Y a mi todo aquello me parecía maravilloso. Porque toda aquella pantomima institucional y educacional iba por fin de algo más. El día que contestó con una de las sonrisas más afiladas que he visto jamás “el trabajo dignifica, esto es la máxima del marxismo” a un supuesto alumno de izquierdas no pude evitar una carcajada. Me encontraba en la última fila, aunque a su clase no asistían muchos alumnos, así que bajándose las gafas para mirar de lejos me pudo ver. Casi cuando acababa el curso decidí hacerle una pregunta. No había intervenido en todo el año ni el profesor se había dirigido hacia mi. Sabía que estaba y me dejaba estar. No tenía ningún interés en mi. Se discutía algo sobre la conciencia de la existencia. Tuve una curiosidad y en vez de apuntarla para mi como lo hacía siempre, lo hice en voz alta de forma repentina y casualmente inconsciente. Y entonces vi su sonrisa directa sobre mi. Quizás estuvo todo el año esperándome. Incluso dio unos pasos hacia el pasillo central del aula para estar más cerca. Me hizo repetir la pregunta. Y me contestó. De golpe. Pero el profesor Segura sabía que el odio de clase siempre contesta. Y le rebatí su respuesta. Entonces dejó de sonreír. Se puso a pensar. Y me dije “estoy muerto y soy el tipo más estúpido de toda la facultad ahora mismo”. Abrió los ojos y se dirigió hacia mi. Agachándose aún más sobre las gafas. De pronto ya no estaba serio. Me miró un segundo y dijo:  bueno sí, en ese caso, usted es un idealista. Y girándose sobre si mismo, dándome la espalda continuó: se lo doy por válido.


Pocas semanas después me perdí el examen de Introducción a la filosofía. Ese mismo día una persona a la que ni siquiera conocía era enterrada. Y no sé cómo ni por qué, yo fui a su entierro. Y ya no volví a la universidad. ¿Qué fue útil o no útil de todo aquello?

miércoles, 18 de julio de 2018

Bandoleros en la Ciudad del Sol: Los Siete Niños de Écija.



"Civitas Solis Vocabitur Una".
Isaías Cap. XIX v.18


A principios del siglo XIX, Écija, una de las grandes ciudades del sur del Imperio Romano y de Al Ándalus, conocida como la Ciudad del Sol, parece haber caído bajo el influjo del Sol Negro. Una epidemia de fiebre amarilla entre los años 1800 y 1804 asola la población. En 1810, el ejército francés no encuentra resistencia, agotan las reservas de la ciudad y ahogan con sus tributos a los ciudadanos. Una vez estos se hayan marchado, el latifundismo de las familias ilustres es el único amo. La ciudad se llena de casas de bebida o lupanares, de gente de mal vivir -según el criterio de las autoridades de la época-, analfabetos, huérfanos, mendigos, ladrones, braceros sin campos que trabajar. En 1812 durante la procesión del patrono de la ciudad, San Pablo, se produce una revuelta en la cárcel, y en la Semana Santa del mismo año, se conocen actos vandálicos y blasfemantes contra las imágenes religiosas. La multitud de malhechores aumenta. Por la ciudad transitan con armas y caballos como jinetes de mal augurio. Aquí comienza la historia de la famosa partida de bandoleros “Los Siete Niños de Écija”.

El número siete de la cábala ha ido acompañando a este grupo de bandoleros por los diferentes relatos de la historia, desde Washington Irving a Charles Dickens -incluso fueron incluidos en el compendio de la delincuencia mundial The lives and exploits of banditti and robbers in all parts of the world de Charles McFarlane-. Cierto es, que cuando un miembro de la partida era abatido pronto se reemplazaba por otro compañero, por lo que el imaginario místico literario lo tuvo fácil para dotar a estos hombres de un componente mágico y heroico, a su vez, por sus famosas hazañas. Pero lo que había detrás de esta muestra de inmortalidad, era una organización perfectamente orquestada y compuesta tanto por los mismos bandoleros como por guardas de campo, propietarios de cortijos, delincuentes comunes, autoridades locales y hasta el propio clero; que tenían como sede Écija, la cual los correspondía con su apoyo a la orilla del Genil y al amparo de sus olivos, mientras la famosa partida cubría toda la zona que delimita el actual tramo de la A4 Córdoba-Sevilla. Así, se ha conocido que durante los cinco años que la gavilla estuvo en activo (1813-1818) estuvo compuesta por casi treinta miembros (sin contar la extensa red de encubridores y demás subalternos de “Los Niños” difícilmente acreditable)  de los cuáles los más famosos serían Juan Padilla,  líder de la cuadrilla original  -y responsable de la leyenda de Juan Palomo-, el “Portugués”, y Pablo Aroca “Ojitos”, además de “Becerra”, el “Rojo”, el “Cojo”, el “Manco”, “Pancilla” , el “Hornerillo” o el Fraile franciscano Fray Antonio de La Gama el “Fraile”.

De tal importancia son los numerosos robos que acomete la gavilla, entre los que se encuentran el robo a la diligencia del general Goyeneche o el asalto al castillo de la Monclova, que el Duque del Infantado, con grandes intereses en todo el término municipal de Écija -representados hasta nuestros días en el enfrentamiento en las movilizaciones por la tierra de Marinaleda contra el heredero contemporáneo del título nobiliario- , se pone al frente de la persecución de la partida por parte del reciente restaurado absolutismo de Fernando VII. Pero los bandoleros, algunos guerrilleros en la guerra contra los franceses, otros, guerrilleros indultados a cambio de luchar en el bando francés contra sus propios compañeros, contaban con un armamento muy superior a cualquier autoridad de la época, llegando a portar escopetas o retacos, trabucos, pistolas y puñales o navajas, además de disponer de los mejores caballos andaluces. De esta forma, la persecución y aniquilamiento de la partida de “Los Siete Niños de Écija” se convertirá en una acción de guerra total, en la que forman parte hasta dos mil personas de diferentes cuerpos como el Regimiento de Caballería de Borbón que se encontraba acantonado en Écija o el Regimiento de Cazadores de Numancia Nº 2 de Carmona, así como las distintas compañías de Escopeteros voluntarios de Andalucía, en este caso la de Granada y Sevilla, las comisiones militares, o las partidas de paisanos honrados; además de la contratación de otra banda de bandoleros famosos “Los Guerra”, a los que enfrentaron directamente a la de “Los Niños”, aunque estos misteriosamente fueron hechos prisioneros y conducidos a la cárcel de Cádiz, tras lo que se presupone una conspiración de estos últimos, que evidenciaba sus relaciones con diferentes estamentos políticos, para deshacerse de “Los Guerra”.

Una de las medidas de presión tomadas por las autoridades para cercar a la gavilla será prohibir el retraimiento eclesiástico por el que lo párrocos estaban obligados a dar cobijo a todo aquél que lo solicitara. Conocidos son los lazos de la partida con varios religiosos durante su trayectoria, teniendo a varios miembros de la iglesia incluso manejándose en el doble papel de páter y bandolero. La obstinación de los investigadores modernos por desacreditar todo componente revolucionario para convertirlos en unos despiadados delincuentes obvia así que pocos años después de la desaparición de “Los Niños”, en Andalucía comenzarían las primeras revueltas campesinas, y que tradicionalmente, ha existido una estrecha relación entre el clero  -ese clero  que vive del cristianismo primitivo- y el movimiento obrero, además de que todos los delitos descritos como los incendios de cortijos o asaltos de viajeros se producen siempre contra la clase dominante, y que cuando cometieron actos contra sus iguales fue contra delatores que pusieron en juego sus vidas. Estos normalmente, sucumbieron a otra de las medidas puestas en práctica por las autoridades: el intento de comprar chivatos y delatores a cambio de grandes sumas de dinero o futuros indultos, llegándose a perpetrar incluso por el alcalde de Écija, un intento de envenenamiento por opio por parte de dos espías infiltrados en la banda que acabaron muertos al ser descubiertos. Además, se limitó el uso de las armas de fuego y los caballos entre los guardas de campo y se diseñó un plan para modernizar la ciudad con la creación de escuelas públicas, hospicios, hospitales y la creación de una Junta Patriótica, así como una ordenación de la administración local de justicia. Entre otras meditas, también están la prohibición de la entrada a las casas de bebida a las mujeres de mala reputación, así como jóvenes, y de beber alcohol dentro de las tabernas, por lo que los mostradores se dispondrían en las puertas de dichos establecimientos, además de reducir sus horarios, quedando a la vista de todos los números espías que en ese momento habitaban la ciudad.

Toda esta presión hace que a partir de 1816 la cárcel se vaya llenando de diversos personajes relacionados con la gavilla. La connivencia de las diferentes autoridades y municipios que se han visto afectados por las acciones de “Los Niños” hacen que el fin de esta sea cada vez más cerca a la vez que se vuelve más violenta en los diferentes encuentros con sus perseguidores, llegando a matar a varios soldados del regimiento Borbón que mal equipados poco pueden hacer ante los experimentados bandoleros. Empiezan a ser detenidos los primeros componentes de la partida y ejecutados en la horca o el garrote. Sus miembros descuartizados son esparcidos por los diferentes caminos y lugares donde cometen sus delitos como señal de aviso. La extensa red de la que hasta este momento disponían se ve considerablemente reducida -llegando a detener a varias de las mujeres de estos, que tenían un papel importante tanto de auxilio como de asistencia en las acciones de la partida-  y cada vez es más necesario recurrir a la reserva de la gavilla en los diversos enfrentamientos contra las diferentes fuerzas represoras.
Al año siguiente, la Sala del Crimen de la Real Audiencia de Sevilla dicta sentencia condenando en rebeldía a todos los integrantes de la banda. Los cargos que se les imputan son los de salteadores de caminos, incendiarios, asesinos y forzadores de mujeres vírgenes y honradas. Aún sin haberse cumplido un mes de la publicación de la sentencia, las autoridades localizan a “Los Niños de Écija” en el cortijo del Toril, en la localidad cordobesa de Santaella. El Teniente Coronel de los Reales Ejércitos Don Gaspar Fernández de Bobadilla dirige las partidas a su mando contra la gavilla dando lugar la muerte del “Portugués”, comandante en esos momentos de la partida, y la prisión de varios miembros que acabarían ejecutados por garrote vil y divididos sus cuerpos en cuartos esparcidos por el camino de Écija a Carmona. Al día siguiente, tras una fuga convulsa, son arrestados “El Fraile” y el “Rojo” por la partida de paisanos de Aguilar de la Frontera que también serían ejecutados en septiembre de 1817, a pesar de los esfuerzos del fraile por redimirse trazando un plan contra los restantes miembros de la banda, que ahora sólo eran cuatro, capitaneados por “Ojitos”, que nunca llegó a funcionar.
En estos momentos de la historia, el fiscal García de la Torre, destinado desde la corte a petición del Duque del Infantado y precursor de todas las medidas anteriormente citadas contra la partida de “Los Niños de Écija” y la misma localidad, pone el cerco a diferentes autoridades como el alcalde de Utrera o el vicario de Estepa, por el abrigo y protección prestada a la temible gavilla durante años. La que una vez fuera una extensa y organizada red criminal se desmorona con el paso de los días de forma fulminante. Los pocos miembros que ahora componen la partida permanecen en los bosques de Sierra Morena escondidos hasta la Semana Santa de 1818. Pero el panorama que encuentran a su vuelta en la campiña sevillana ahora es muy distinto. Los diferentes cuerpos represores se encuentran esperándolos apostados en diferentes lugares de lo que hasta ese momento había sido su hogar, la “Ciudad del Sol”, obligándolos a retirarse a la sierra tras sus pasos de nuevo. Estos irán tras ellos sin tregua alguna, creando un cerco cada vez más estrecho en una persecución que durará días a través de toda Sierra Morena, un terreno que para los bandoleros no era del todo conocido salvo como refugio.

En un enfrentamiento definitivo contra el Regimiento de Cazadores de Numancia Nº2 de Carmona, Pablo Aroca “Ojitos”, último comandante de la gavilla, caerá muerto. Los últimos tres miembros de la partida, morirían en distintas circunstancias en los próximos meses. El coronel Nicolás Chacón dejaría escrito:

…habiendo hecho la inspección del cadáver, se le ha encontrado pintada encima de la tetilla izquierda una imagen de Nuestra Señora del Carmen y, por bajo, un letrero que dice: Ojitos. Sin embargo, es tal el horror e indignación de todas las gentes que se han opuesto a darle sepultura eclesiástica, y ha sido enterrado en la tarde de ayer cerca de la barca grande en Palma del Río.

Y aquí comienza la leyenda de “Los Siete Niños de Écija”.